Relatos de viaje
Una vez a Mongolia y (casi) de vuelta.
Rusia y Mongolia. Allí tiene que haber todavía aventuras por vivir. Y en moto seguro que es un reto genial. Además, hacía tiempo que quería combinar las aventuras de viaje con mi trabajo. En una conversación con Overcross resultó que para una ruta así hacía falta justamente un guía. No tuve que pensarlo mucho y preparé mi veterana Suzuki 650 para una cabalgada larga y dura por Siberia. Después de la última ruta de invierno por Marruecos había bastantes cosas que arreglar en la máquina.
El objetivo del viaje transcontinental que tenía por delante era encontrar una ruta interesante y variada desde Alemania hasta Asia Central y meter en ella muchos highlights. Hasta Ulaan Baatar hay un buen trecho, eso viene solo. Pero devorar kilómetros sin más está lejos de ser un viaje de aventura sobre dos ruedas.
A finales de mayo llegó el momento. Salida por Leipzig y Frankfurt (Oder) rumbo a Polonia. Vaya época que había elegido. Grandes zonas de Alemania están inundadas. De las inundaciones en mi pueblo natal no me entero de nada, pero las primeras etapas por Polonia las hago con ropa de agua. Lituania y Letonia se muestran por fin más soleadas y me llevo las primeras pistas de grava bajo los neumáticos. La frontera con Rusia se convierte en una prueba de paciencia. Quieren ver todo mi equipaje dos veces. Un libro viejo fascina a los guardias fronterizos de una manera que me resulta del todo incomprensible. Dostoyevsky, impreso en 1964, hecho jirones, descartado de una biblioteca, en alemán.
Pasa de mano en mano y de instancia en instancia, lo meten en una bolsa y se lo presentan a los despachos más altos de este puesto fronterizo. Da igual, tengo tiempo. Eso fue, en cualquier caso, lo que me aconsejaron para una situación así. Y así, con el libro, acabo entrando en la inmensa Rusia. Campos enormes, carreteras rectas como una regla y, hasta los alrededores de Moscú, una población muy escasa. En Moscú quedo con Moritz, de Overcross. Puedo dormir en su casa. Pero primero me voy por mi cuenta a la Plaza Roja y a las demás atracciones del centro.


Por la noche salimos los dos otra vez a la ciudad y Moritz me da un montón de consejos para mi viaje por Rusia. Aun así, no aguanto mucho en Moscú. Quiero seguir hacia Siberia.
Ya hace mucho calor y los eternos atascos de Moscú exigen lo suyo a un aventurero en moto. En todo caso, esta vez la humedad no viene de fuera. La M7 es una ruta de tránsito con muchísimo tráfico, pero es el camino más rápido hacia el este. Así, tras unos días y muchos cientos de kilómetros, se alcanzan los Urales, el final de Europa y con ello Siberia. Los Urales me los había imaginado de algún modo más montañosos. Pero aquí, tan al sur de los Urales, es más bien una media montaña ondulada. Aun así hizo bien en pasar la noche todavía aquí, en las montañas. Porque lo que me esperaba ahora era la verdadera Siberia eterna. La llanura de Siberia Occidental. Lo que en Alemania llamamos lejos, aquí está "a la vuelta de la esquina". Las distancias entre las grandes ciudades siberianas suelen ser duras etapas diarias.
Cheliábinsk, Tiumén, Omsk, Novosibirsk, Krasnoyarsk.
¿Y qué hay entre ellas? Rusia eterna. Esta llanura, la más grande del mundo, es seguro también el pantano más grande del mundo. Para la carretera principal que cruza este pantano hubo que levantar con mucho esfuerzo un terraplén alto. Tienes mucho tiempo para pensar mientras avanzas. Cuántas pirámides de Keops, por ejemplo, cabrían en esta carretera. Y cómo se pudo explorar Siberia antes de que existiera esta ruta. El terreno no vuelve a ser más montañoso hasta pasado Novosibirsk. Pero Irkutsk y el lago Baikal siguen lejos. En Irkutsk tengo suerte y me alojo en un bar de moteros. Las condiciones allí son sumamente "rusas", pero estás entre gente de la misma onda y los "Irkutsk free bikers" tienen enseguida otra vez un motivo para sacar la botella de vodka. Puedo dormir allí todo el tiempo que quiera y tengo la posibilidad de arreglar algunas cosas de la moto.


Para ver de verdad algo del lago Baikal, tengo que hacer todavía un desvío de 300 km hacia el norte, hasta la preciosa isla de Olkhon. Allí por fin hay otra vez pistas de grava rápidas por las que rodar, y demasiados sitios bonitos para acampar. No puedo quedarme tanto tiempo. Mongolia ya me llama.
De vuelta en Irkutsk, vuelvo una vez más al bar de moteros. Justo hay una fiesta de cumpleaños en marcha. Así que no se duerme mucho. Mi colchón está, además, separado del jaleo etílico solo por una pared de cartón.
De camino a Mongolia me regalo todavía un desvío por los montes Sayan. Allí se vive un mundo de montaña estupendo, con las típicas casas rusas de madera. Lástima que el paso fronterizo a Mongolia de allá arriba no esté abierto a extranjeros. Me dicen que vaya por Ulán-Udé. Bueno, solo son unos 1000 km de rodeo. Y lo que es bueno para las petroleras rusas seguro que tampoco perjudica a Rusia. Así que ahora toca asfalto hasta Ulaan Baatar. Y luego cruzar toda la ciudad hasta el Oasis. El tráfico en Ulaan Baatar es pura anarquía. Hacen falta nervios y también codos. ¡Pero acuérdate siempre de las anchas cajas de aluminio de la moto!
El Oasis es seguro un nombre conocido para muchos aventureros en moto que todavía no han estado en Mongolia. Este hostal con campamento de yurtas en el patio es un punto de encuentro estupendo, y no solo para motoristas. Pero también un auténtico hospital de motos. Moteros de todo el mundo esperan aquí con sus máquinas medio desmontadas a que lleguen los repuestos. Las pistas hasta aquí exigen lo máximo al material. También yo tengo de nuevo bastante que hacer y toca cambiar neumáticos.


Aquí empieza también para mí el viaje de vuelta a Alemania. Llevo 11000 km recorridos. Hubo mucho que vivir hasta aquí, pero no era el recorrido que me imagino para vosotros. Hace falta más variedad, más montañas, más offroad, más Overcross, en definitiva.
Aquí, en el Oasis, recibo además los consejos decisivos. Dejaré Mongolia en dirección oeste, hacia el Altái ruso, y más adelante tomaré una ruta más al sur por Ucrania.
Además, de momento seguimos los tres juntos. El danés Christian y Greg, de Polonia, tienen los mismos planes en Mongolia. Eso nos da enseguida una interesante prueba de monocilíndricas. Una Tenere 660 nueva, una Tenere 600 antiquísima y mi maltrecha DR 650. Esta tiene ya un feo problema de aceite. Se ha arrancado una rosca en la culata y por eso gotea por todas partes. De momento solo ayuda un spoiler improvisado hecho con un bidón de aceite viejo, que desvía el caldo de mis pantalones y mis botas hacia la cadena. Así queda lubricada permanentemente. Antes de poner rumbo a casa hago todavía una pequeña salida de 3 días a las montañas de los alrededores de Ulaan Baatar. Un paisaje de montaña precioso, con pastos alpinos llenos de cabras, ovejas, vacas, caballos y yaks.

Y un sitio estupendo y solitario para acampar junto al río. ¿Pero qué le pasa a un viajero en moto en un lugar así? ¿Lejos de cualquier ayuda? Naturalmente lo siguiente: un desayuno tranquilo con café turco directo de la hoguera. Un chapuzón rápido en el río, recoger todo con calma y ponerse la ropa de moto. Subirse a la moto, tirar del estárter y patada. ¡Mierda, patada y crac! Articulación del pedal de arranque rota.
La vieja Suzi no tiene motor de arranque. ¿Y empujarla? ¿En la grava del río? ¡Ni lo sueñes! Pues estupendo. Hasta la tarde tardo en empujar el trasto hasta una pista. ¿Ya he mencionado que a mediodía hace un calor de verdad? Y en la pista, ni rastro de un coche en kilómetros a la redonda. ¡Pero sí una colina! Todo el equipaje fuera y empujar la carraca cuesta arriba. Ah, y a las 16 horas sigue haciendo calor.
Pero la colina basta para arrancar rodando. Uf, ahora que no se vuelva a calar. Cargo todo de nuevo y rumbo a la civilización. Donde hay electricidad, en Mongolia siempre se suelda algo. Así también en el siguiente pueblecito, y la avería queda arreglada enseguida. Así que de vuelta a la naturaleza. De camino me encuentro con un grupo de japoneses. Para ellos no hay nada más gracioso que un alemán en una vieja Suzuki, cuando ellos, siendo japoneses, tienen todos una BMW en casa.
Así que ahora hacia el oeste los tres. Da muchísimo gusto planchar en un grupo pequeño las pistas de Mongolia. Visitamos la antigua capital, Karakórum, con su monasterio. Y también el parque nacional del volcán Khorgo.

Un viaje en moto por Mongolia es un sueño. En todas partes hay sitios estupendos para acampar y las pistas parecen hechas para nuestras enduro. Con lluvia, sin embargo, todo cambia muy deprisa. Entonces avanzar se vuelve un trabajo durísimo y cualquier plan de horarios se lo lleva el agua. En el país se está celebrando justo el festival Naadam. En Ulaan Baatar me lo había perdido, pero los muchos pequeños Naadam inesperados por el camino compensan de sobra. Sobre todo las luchas nos hacen sonreír bastante. Para un mongol, claro, es un asunto mucho más serio.

Mongolia se muestra para mí más diversa de lo que esperaba. Además de la estepa hay cumbres nevadas de 4000 metros, preciosos lagos grandes e incluso zonas volcánicas. La hospitalidad y la calidez de los mongoles hacen el resto para que una ruta por este país sea una experiencia inolvidable. Cerca de la frontera rusa el terreno es cada vez más montañoso. He llegado al Altái. Ahora voy otra vez solo y tengo ganas de la parte rusa de esta cordillera. Todos los que han venido de allí estaban entusiasmados. El cruce de la frontera, en lo alto de las montañas, resulta frío y húmedo. A cambio, desde el km 0 en Rusia hay una carretera de asfalto buenísima. Y encima con muy poco tráfico.
Después de más de una semana de pistas mongolas, esto es un sueño. Simplemente rodar otra vez y mirar el paisaje. Un mundo de montaña estupendo, curvas largas, diversión pura en moto. En el Altái todavía hay pueblecitos soñolientos con casitas de madera. Arroyos de montaña cristalinos, gigantes de montaña nevados y un turismo que aún está en pañales. Rusia como de un libro ilustrado.

La carretera serpentea siempre por el valle del Katún. En realidad darían ganas de plantar la tienda en cada recodo del río.
A pesar de mi moto extremadamente tocada, quiero regalarme todavía una pequeña ruta offroad. En mi mapa hay una interesante ruta circular siguiendo un gran meandro del Katún. Al preguntar, oigo desde "no se puede" hasta "hace poco pasaron unos en jeep". Vale, así que lo pruebo yo mismo. La primera parte del recorrido aparece en el mapa solo como sendero de senderismo. Y el mapa tenía razón. Ese día, con sus unos 30 km, iba a ser lo más duro que le he exigido jamás a la moto. El estrecho sendero discurre siempre por la ladera empinada del valle del Katún. A veces tengo que construir primero una pequeña rampa de piedras para poder subir escalones altos.


¡Y en caso de apuro, ni se te ocurra caer hacia la izquierda! Entonces la caída hasta el río es larga. Una subida es tan empinada que con el embrague tocado ya no se puede hacer.

Todo el equipaje hay que subirlo primero a pulso por la ladera. Subo 3 veces. ¿Qué le estoy exigiendo yo aquí a la moto? Y aun así solo se puede superar la ladera a base de fuerza bruta y haciendo caso omiso de todos los quejidos de la tapa del embrague. Ahora estoy ya algo enfadado conmigo mismo, porque hace rato que ni se me pasa por la cabeza dar la vuelta. Había tramos que en sentido contrario no se pueden superar.
Y lo que aún viene, claro, no tengo ni idea. Pero por suerte ya no se puso realmente duro. Siempre por el estrecho sendero a lo largo de la ladera. Lo malo es cuando se afloja un poco la concentración. Porque entonces ya ha pasado. La rueda delantera se escurre hacia la izquierda, fuera del camino. Y ahí la caída es empinada. Como no iba rápido, la robusta caja de aluminio de fabricación propia sujeta la parte trasera y con ello todo el conjunto, justo a tiempo de evitar un descenso en picado hasta el valle.
El susto es grande, y creo que otra vez estoy enfadado conmigo mismo. La cosa pinta muy mal. Un primer tirón tímido del manillar confirma lo que ya era de esperar. No se mueve nada. La rueda delantera cuelga un metro por debajo del camino y en la ladera tampoco tengo un punto firme donde apoyarme para levantarla de verdad. Y ayuda por aquí no se puede esperar todas las semanas. ¿Qué hacer, entonces? ¡Primero, sacar fotos! Al fin y al cabo es un prado de flores precioso y vosotros, los Overcrossies, queréis ver algo.

Ahora la moto tiene que quedarse lo más ligera posible. Equipaje fuera y también el depósito de 36 l, medio lleno. Ahora a buscar un palo para hacer palanca, y poco a poco las ruedas se acercan a los pocos centímetros de camino llano.
¿Vendrá de aquí el dicho "querer es poder"?


Los kilómetros que quedan hasta bajar a la pista del Katún los hago, eso sí, con la máxima concentración, y a la orilla del río me compensa de sobra de las penalidades del día un campamento estupendo. Este tipo de etapas offroad quiero evitarlas a partir de ahora. Para qué, con las carreteras buenísimas del Altái. Además, quiero llegar a casa con la moto. De camino a Barnaúl el paisaje vuelve a ser más llano. El Altái queda atrás. Me habían dado un soplo caliente: el bar de moteros de Barnaúl. Lo encuentro enseguida. Imposible no verlo: justo en la arteria principal del centro hay un monstruo de acero.
Una chopper negra gigante. Sobre la entrada también ha dejado su huella el artista de la soldadura.


Dentro sigue igual. Motos por todas partes. En el suelo, en las paredes y en el techo. Así que pido rápido una cerveza y recorro la barra con la boca abierta. Hay también una habitación de hotel ahí a la vuelta de la esquina. ¡Perfecto! Por la noche, música en directo en el bar. Un contraste brutal con las noches en plena naturaleza de las últimas semanas.
Al día siguiente me reencuentro con mis colegas Greg y Christian. Están ocupados con sus máquinas en un taller de motos. Yo también tengo faena. Hay que cambiar el embrague y sigue ahí el problema del aceite. La noche la pasamos juntos con unas cervezas. Ellos dos también quieren cruzar Ucrania. Así que seguro que volveremos a vernos. Pero primero me queda un día de trabajo en la moto. Después el cacharro vuelve a estar listo para Siberia.
Hasta Novosibirsk y la M53 solo quedan 200 km. Luego otra vez por la llanura de Siberia Occidental hacia los Urales. Y gran parte del trayecto con lluvia constante. Tengo algo de mala suerte. Es un verano más bien húmedo en Siberia Occidental. Así que se van tragando tercamente los muchos kilómetros. De los Urales, con la niebla, casi no veo nada. Desde Ufá tomo una ruta más al sur y me premian con sol. Cada día hace un poco más de calor.
Por Samara quiero llegar a Volgogrado. Lo agradable de esta ruta es también que el tráfico de camiones disminuye mucho. Por un paisaje de estepa ondulada, siempre siguiendo el Volga, me acerco a Volgogrado. Es una sensación extraña entrar en esta ciudad, en la que hace 70 años se inició el giro de la Segunda Guerra Mundial. Después de la guerra la ciudad tuvo que reconstruirse por completo. La destrucción fue total. El Museo Panorama da una buena idea de lo que ocurrió en la batalla de Stalingrado. Hay muchas reliquias originales de la lucha por la ciudad. Objetos personales de los soldados y también material de guerra acribillado a balazos, en el que se aprecia muy bien la violencia de la batalla. En la planta superior del edificio circular está el enorme cuadro panorámico, en el que 6 pintores trabajaron durante muchos años.
También el único edificio conservado de Stalingrado se encuentra en el recinto del museo. La gigantesca estatua de la "Madre Patria" y el Salón de la Gloria también merecen una visita en Volgogrado.

Me he alojado una vez más en un punto de encuentro de moteros. Pero ese es de verdad solo para gente curtida. El váter lleva años sin funcionar, seguro, y con el buen tiempo prefiero dormir en el patio, en un sofá viejo.

También hay un motivo para celebrar. Mis dos colegas de Mongolia han llegado. La última semana hicimos el mismo recorrido. En algún momento, bajo la lluvia, debí de adelantarlos.
En Volgogrado tuve que cambiar otra vez el neumático trasero. Y eso me trajo una molesta serie de averías hasta el final del viaje. No tengo ni idea de cuántas veces en esa semana siguiente desmonté la rueda trasera, saqué la cubierta a la fuerza y la mayoría de las veces no encontré ningún motivo para el pinchazo. Está bien cuando al menos el decorado para montar el neumático acompaña. Como aquí, en el mar de Azov, en Ucrania.

La última semana iba a ser otra vez realmente dura. Mucho calor, la salud no me acompaña precisamente y la eterna serie de averías. Pero también eso pasa, y el tramo por Polonia lo puedo hacer casi de una tirada. La moto va como hacía tiempo que no iba, así que aviso a un amigo de que llegaré por la noche. Vive cerca de la frontera, junto a Görlitz. En la última gasolinera de Polonia me gasto todos los zlotys que me quedan. Ahora solo faltan 15 km hasta Görlitz.

Subo a la autopista, acelero y, ¡paf! ¿Qué ha sido ahora? El aceite gotea sobre el asfalto. ¡Claro! ¡El clásico! La cadena se ha salido y ha reventado la tapa del motor. No me lo puedo creer. ¿Era necesario esto también? ¿De verdad no quiere este trasto volver a casa? Yo sí que quiero. Justo acabo de comprar aceite. Así que dentro con él y los 15 km se pueden hacer todavía, a duras penas. Con eso queda aclarado también el "casi" del título. Después de años me toca de nuevo hacer autostop. La DR no ha llegado del todo a casa. Ahora está en casa de mi colega, esperando donaciones de repuestos para reconstruirla. Esas las acepto encantado, claro, porque quiero que vuelva a rodar.
Conclusión:
Fue una ruta en moto con todos los altos y también algunos bajos. Un viaje, en definitiva. Y un viaje, como se sabe, empieza donde termina el plan. Una ruta así se puede planificar, pero siempre habrá sorpresas y planes nuevos. Ya está encontrada una ruta genial para el año que viene. Con Overcross queremos ir de Alemania por Ucrania a Rusia y, más allá, por el Altái, atravesando Mongolia de punta a punta hasta Ulaan Baatar.
9000 km de pura aventura en moto te esperan.
Estamos justo ahora ultimando los detalles del viaje. Pronto habrá también una descripción de la ruta e información. Por supuesto, también puedes enviarnos con gusto sugerencias y deseos sobre la ruta. Al fin y al cabo, yo solo pude explorar una franja estrecha entre Alemania y Mongolia. Y en muchos lugares estupendos seguro que pasé muy cerca sin verlos.
La aventura te espera, ¡así que no lo pienses más!
Hasta pronto, Rico
rico[at]overcross.de
